Pintores de la Vanguardia

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Mario Carreño

Mario Carreño, de quien podría decirse que gozó muy tempranamente del reconocimiento de sus contemporáneos, nació el 24 de junio de 1913 en La Habana, hijo de padre español y madre cubana. Fue testigo de acontecimientos trascendentales de la historia contemporánea universal como la República Española, el movimiento muralista mexicano, y el golpe de Estado que arrebató en Chile la vida a Salvador Allende.

Realizó estudios parciales en la Academia de San Alejandro entre 1925 y 1926. Disputa allí con algunos profesores, se sentía atado dentro de la atmósfera enyesada y turbia de sus aulas. Al año justo desertó. La Academia –dice el crítico José Gomez Sicre refiriéndose a esta etapa- con su frío y calculador sistema de hacer artesanos, le defrauda.
El “jovencito disidente de la Academia” como también le llamara Gómez Sicre, es aceptado por el Diario de La Marina, primero como retocador y luego como ilustrador. Al mismo tiempo colabora con Orbe y otras publicaciones.
A la edad de 17 años hizo la primera de sus Exposiciones Personales en la sala Merás y Rico, del Paseo del Prado. En la misma, muestra grandes dibujos trazados con pastel o carbón que representan escenas de la vida cotidiana cubana, como cortadores de caña o un extenso panel de trabajadores semideglutidos por una compleja maraña de engranajes, herramientas, tuberías y otros aparatos cosificadores que ilustraban su conciencia sobre la Era de la Máquina. Tan temprano en su obra se vislumbraba ya la problemática social de la isla y se señalaba con dedo acusador el principal mecanismo de explotación de su pueblo: el cultivo de la caña de azúcar.

Dos años más tarde, sin cumplir aún los 20, las puertas del Lyceum habanero se abrieron para él.
Acuciado por la situación política del país viaja a España en el buque Sierra Ventana. En Madrid logra vincularse a los talleres gráficos Marciega, donde se desempeña como diseñador de afiches. Conoce al poeta Rafael Alberti y participa con frecuencia en sus tertulias; en ellas, se reúne con destacados intelectuales de la época como Manuel Altolaguirre, Pablo Neruda y Federico García Lorca.

En 1935, de regreso a La Habana, Carreño ha cambiado la C de su apellido por una provocadora K, insinuadora de su acercamiento al mito de la República Soviética. Un año más tarde, su espíritu inquieto le hace zarpar hacia México. Visita a Diego Rivera en su taller del barrio de San Ángel. Se entusiasma con la técnica del fresco, se vincula a José Clemente Orozco y a Rufino Tamayo. Conoce además durante este viaje al pintor dominicano Jaime Colson quien familiariza al artista con la técnica del duco, con la cual experimenta por un breve período para abandonarla y volver al uso del tradicional óleo. Un poco más tarde, en París, Carreño reencontrará a Colson, quien se convertirá en uno de sus maestros más influyentes en la consolidación de la etapa neoclásica de su pintura. Colson impulsa a Carreño hacia la búsqueda de la forma humana y hacia la belleza. Perfecciona además su formación en la Academie Julien y en la École des Arts Appliqués y se relaciona con el mundo intelectual de París. Allí lo encuentra la Segunda Guerra Mundial de cuyo horror logra escapar en un barco que hará la ruta Nápoles-América. Llegado a Nueva York pinta dos obras: Nacimiento de las Naciones Americanas y Descubrimiento de las Antillas que constituyen un homenaje declarado del pintor a los maestros renacentistas europeos. Este cuadro, presentado en la exposición Latin American Exhibition of Fine and Applied Art realizada por el Riverside Museum, provoca una amplia y favorable reacción de crítica. Es invitado en 1941 a presentar una exposición personal en la galería Perls, de Nueva York con quien mantendrá después un largo vínculo profesional. La revista Life le dedica un amplio reportaje.
Alabado por la crítica, ese mismo año regresará a La Habana, envuelto ya en una aureola de triunfo, para retomar la temática cubana en sus pinturas Cortadores de Cañas, Danza afrocubana y Fuego en el Batey. En 1942, tras una breve relación, Carreño contrae matrimonio con María Luisa Gómez Mena, quien tendrá una decisiva influencia en su vida.
En 1944 la pareja recibe como huésped a Alfred H. Barr Jr. –Director del Museo de Arte Moderno de Nueva York- durante su paso por La Habana, a donde ha llegado atraído por la obra del movimiento moderno cubano. Trabajan juntos en un proyecto de exposición de arte cubano en Nueva York y en la publicación de un libro: Pintura Cubana de Hoy. María Luisa no solo actúa como promotora cultural sino que se convierte en la patrocinadora del proyecto. Carreño viaja a Nueva York para presenciar la inauguración de la muestra Modern Cuban Painters, realizada ese mismo año. De esta experiencia diría más tarde que “le sorprendió tomar conciencia de la influencia de la pintura caribeña en el contexto latinoamericano; cómo se contraponían la corriente mexicana y su ideológico muralismo con esta tendencia mal llamada ingenua, sin pretensiones grandilocuentes pero muy refrescante y carente de presiones políticas…algo intrínsecamente artístico”
Su matrimonio con Gómez Mena terminaría pocos meses después, pero Carreño permaneció en los Estados Unidos aún por varios años. Aunque la época de Nueva York de principios de los 40 es fructífera para él, la añoranza por su tierra es manifiesta cuando escribe: “Mi aspiración es volver a Cuba…Quiero regresar a Cuba pronto y luchar por un movimiento que no se estanque entre reducidos núcleos, sino que se incorpore a la realidad social de nuestro país, que salga a la calle, que vibre en todos los rincones y en todos los aires. Que no sea patrimonio de unos pocos, sino orientación para el negro harapiento que dormita en los portales o del campesino que se derrite bajo el sol en espera de una zafra…”
Carreño contrae matrimonio con María Luisa Bermúdez, chilena a quien ha conocido en Nueva York. En este período de su pintura comienza a emerger nuevamente la temática cubana: el guajiro, los ritos afrocubanos, la arquitectura. Estas constituirían marcas plásticas y conceptuales identificables en su producción, aunque conservará para siempre aquel dejo clásico de la forma.

Por breve tiempo realiza una visita a La Habana, encargado de pintar el retrato de un adinerado criollo. Afianza entonces su propósito de estudiar la afrocubanía. Su esposa, enferma de tuberculosis, trata de recuperarse en un sanatorio en Chile y hacia allí Carreño partirá para verla. Expone allí sus cuadros en la Sala Pacífico y es invitado por la galería Samos a realizar una exposición en Buenos Aires. Conoce a varios intelectuales argentinos.
Ya sin dinero, deciden regresar a Nueva York. Allí el arte está experimentando un importante giro con el desarrollo del Action Painting. También la obra de Carreño, que ha ido mutando en una tendencia geometrizante durante los finales de la década anterior, desemboca ahora en su período geométrico, en el cual se hace absoluto el rompimiento con la figuración. Se trata del espíritu del momento que vive la sociedad norteamericana. Pollock ha impuesto el Action Painting. Domina el arte abstracto. Carreño describe el impacto del mismo en su pintura: “…mi pintura poco a poco fue también transformándose hacia formas más escuetas, mis humildes guajiros fueron derivando por la corriente geometrizante. Todo iba hacia el cuadrado. Fue un desquiciamiento completo...”
En su búsqueda de la cubanía, el artista cree encontrar en la abstracción una forma de expresar el color y la luz del trópico, apoyándose en una sensibilidad poética que lo llena.

Dice el investigador Ramón Vázquez: “Algunos artistas, una vez hallado el núcleo de sus poéticas, persisten en él hasta el final de sus días. Otros creadores, siendo ellos mismos, se mueven inquietos en diferentes registros expresivos, atentos a sus propias voces, como a las mutaciones del mundo circundante. Carreño es un caso extremo de esta segunda familia”
El Macarthismo agrava la penuria económica. El matrimonio opta por viajar a Cuba, en busca de trabajo. Todavía tiene allí Carreño amigos y relaciones que admiran su obra y su cultura.
Finalmente se produce su ansiado regreso a La Habana, donde se vincula como profesor a San Alejandro y acepta varios encargos de trabajo entre ellos, como crítico de arte, llevará la sección de Artes Plásticas en el Mundo, para la revista habanera Carteles. Se funda la Revista del Instituto Nacional de Cultura. Carreño es nombrado Director artístico de la misma y es además miembro de la Junta Directiva.

Sin embargo, el pillaje y los asesinatos de la dictadura batistiana transforman su vida en una pesadilla. Carreño es varias veces intimidado o interrogado, acusado de comunista. Es por esto que en 1956, con la invitación de Luis Oyarzún, entonces Director del Departamento de Arte en la Universidad de Chile quien le ofrece un contrato de dos años para ofrecer cursos sobre Evolución del Arte Actual, se produce la travesía final del artista hacia la que será su segunda patria: Chile.

Decide, antes de partir, cumplir con las invitaciones de exposición que le habían hecho los Museos de Bellas Artes de La Habana y Caracas. Ambas se efectúan en este año. Esa será su especial forma de despedirse. En diciembre de 1957 llega a Chile contratado como profesor de la Universidad Santa María. Colabora en la organización de una escuela de arte dentro de la Universidad Católica. Se integra al claustro de esta universidad como profesor de Pintura, cargo en el que permanecerá por veinte años.

Por última vez, hace una larga estancia en París y expone en la Galería Hauterfeuille. El museo de Cerest adquiere dos de sus obras. Visita Bruselas y Amsterdam. Su segundo matrimonio está terminando y Carreño está además imbuido del espíritu de horror y rechazo que el mundo vive debido a la Guerra Fría. Busca un elemento para expresar el dolor de un mundo atrapado en la amenaza de la guerra nuclear. Se convierte para el artista en una obsesión el advertir al mundo sobre las consecuencias potenciales de esta arma. A pesar de los éxitos que ha cosechado con su pintura abstracta-concreta, Carreño comienza a sentirse insatisfecho y cree que su “anhelos desembocan en una expresión algo rígida y fría”.
En 1965 se inaugura su exposición Un Mundo petrificado, con la cual el maestro da un paso final hacia un último escalón de su expresión estética: el surrealismo, e intenta dar, a través de él, una visión de nuestra realidad en ruinas después de una confrontación nuclear.

En Chile permaneció y trabajó incansablemente junto a quien fue su compañera por casi veinte años: Ida González de Carreño. Desde ese país escribió y presentó numerosas exposiciones para el mundo. En Chile, tuvo que vivir un último horror: el atentado a Salvador Allende, que costó su vida y el golpe de estado fascista durante el cual fue conminado a abandonar el país.

Durante sus últimos años, recibió el homenaje del mundo artístico en numerosas muestras retrospectivas y testimonios de la admiración de su tiempo. Uno de los momentos más sentidos de Mario Carreño en esta etapa de su vida fue quizás, su visita a La Habana para inaugurar la muestra homenaje que el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó por su 80 aniversario. Al año siguiente, en 1994, hizo una última visita a su tierra para participar en las actividades de la V Bienal de La Habana.

Después de una larga enfermedad, Mario Carreño murió en Chile el 20 de diciembre de 2000.